“La acción del Trabajo Social (nuestra profesión) siempre tuvo una objetiva dimensión política, aunque no siempre deliberadamente visualizada por sus agentes. Por cierto, el Trabajo Social siempre operó – compleja y oscilantemente – entre dos opciones: legitimar o cuestionar el orden social vigente en un período determinado” (Alayón, 2005: 9).

Aproximación Diagnóstica

En el Chile dictatorial, el cual se extendió entre septiembre de 1973 a marzo de 1990, con el afán de refundar y promover un nuevo modelo social se promovieron respectivos
golpes a la Educación Pública en general, y a la carrera de Trabajo Social en particular con la pretensión de minimizarla a una minúscula expresión, por considerarla una carrera que buscaba con mayor y/o menor precisión, una acción social transformadora.

Para ahondar lo anterior, a saber:

  1. Los Decretos Ley N° 2.757 de julio de 1979 y N° 3.163 de febrero de 1980, definieron nuevas normas para la conformación de los colegios profesionales, reformulando su figura organizativa legal como asociaciones gremiales y estableciendo la voluntariedad de la afiliación, perdiendo el Colegio de Asistentes Sociales la tuición plena sobre el colectivo.
  2. En 1980, la promulgación del Decreto con Fuerza de Ley N°1 de noviembre de 1980 del Ministerio de Educación Pública, que permitió la creación de universidades privadas, y que de pasada dejó fuera del listado de carreras universitarias al trabajo social.
  3. Decreto con Fuerza de Ley N°5 de febrero de 1981, que crea los institutos profesionales, figura jurídica extraña que permite la existencia de instituciones de educación superior con fines de lucro, que otorgan títulos profesionales, sin grados académicos, siempre y cuando dichos títulos no estén dentro de aquellos de exclusividad universitaria.
  4. Ley N°18.962 de marzo de 1990 que consagra la eliminación del trabajo social o servicio social del listado de carreras con exclusividad universitaria. Esta ley fue promulgada un día antes que asumiera Patricio Aylwin Azocar como presidente de Chile.
  5. Ley N° 20054 de septiembre de 2005, que restituye la exclusividad universitaria a la carrera. Pero que no se pronuncia sobre el accionar de los Institutos Profesionales, particularmente en el artículo primero (transitorio), “los Trabajadores Sociales y los Asistentes Sociales egresados y titulados en Institutos Profesionales y los que, a la fecha de la publicación de esta ley, se encuentren cursando sus estudios en dichos Institutos, tendrán los mismos derechos, estatus y calidades que aquellos profesionales que cursen sus estudios en Universidades, excepto el grado de licenciado”.

Constataciones

  1. Derrota de proyectos colectivos. Instalándose un modelo neoliberal impuesto a sangre y fuego por la dictadura militar de Augusto Pinochet Ugarte pero mantenido, remendado y administrado por la Concertación de Partidos por la Democracia. A partir de 1994, se profundiza la externalización - tercerización de servicios sociales, es decir, apareciendo, una política social focalizada y medida por producto, pero sin proceso.
  2. Una profesión, como Trabajo Social que debe ser una (o quizás la única) de las disciplinas de las ciencias sociales más política y paradojalmente, más despolitizada. Aquello sólo tiene explicación en el desarrollo histórico funcional del último medio siglo.
  3. Una disciplina atomizada y vulgarizada, pues existe una indiscriminada, amplia y diversa oferta de instituciones que imparten certificaciones relativas al trabajo social / servicio social, ya sea en modalidad presencial, semi-presencial, incluso, on line. Lo cual, imposibilita cualquier standard ético mínimo de formación profesional y supervisión.
  4. Las desfavorables condiciones laborales y académicas son fruto de una institucionalidad legalista que aprueba el lucro, permitiendo la dictación de trabajo social en institutos profesionales que han acaparado las mayores cifras de vacantes, programas y titulados.
  5. Escasa motivación en las escuelas, directores y docentes a honorarios (la gran mayoría) salvo honrosas y escasas menciones para generar espacios de intercambio, debates de ideas y pensamiento crítico, con lo cual desde la formación se reproduce un paupérrimo involucramiento en el proceso de enseñanza – aprendizaje. En el mismo escenario, escasas sistematizaciones, ediciones y/o publicaciones de debates, propuestas innovadoras, encuentros u seminarios para la retroalimentación profesional.
  6. Un campo laboral que se encuentra sobre poblado prueba de aquello son la baja empleabilidad y las bajas remuneraciones, la vulneración permanente de derechos sociales y la precariedad transversal en términos de funciones y roles. En ese escenario actual, el peor empleador, es el Estado chileno a nivel central como local.
  7. Un Colegio profesional ausente de los espacios formales de discusión, anquilosado y vegetando. Que no representa a las grandes mayorías, que no tiene legitimidad ni menos voz para defender a la profesión y que sólo promueve una participación restringida y burocrática sólo para mantener el status quo jurídico. Pero abierto para copar espacios posibles con presencia y sobre todo, con contenidos frescos.

En este contexto, resulta inminente abrir una veta de reflexiones en torno a la contribución del Trabajo Social a la reproducción del orden social, una crítica libre de autocomplacencia y centrada en la utilidad social más que en la identidad profesional. Volver a pensar a la profesión como un medio y no como un fin, es el primer paso para recuperar el compromiso de esta disciplina con la justicia social. Para ello, se hace necesario y urgente, decantar la profesión.

Trayectorias

Se puede aseverar sin injusticias que la historia del Trabajo Social tiene sus raíces en la propia historia del ser humano. En la trayectoria histórica de la Humanidad se observa una sensibilidad permanente hacia las personas, grupos y comunidades más necesitadas.

Los contextos sociopolíticos mundiales han tensionado el desarrollo disciplinar del Trabajo Social chileno, pues los diversos gobiernos han mellado el desarrollo de la profesión a partir de diversas funciones reguladoras de control social, jurídicas, ideológicas, teóricas, epistemológicas y metodológicas que continúan tensionando los escenarios actuales de la profesión.

La profesión desde su origen en 1925 ha transitado por visiones desde la caridad filantrópica pasando por procesos de promoción y de reconceptualización regresando en la actualidad, a nuevas formas de asistencialismo bajo los gobiernos democráticos.

El Trabajo Social Chileno surge en un período de agitación y cambios sociales a principios del siglo XIX: el boom del salitre genera crecientes oleadas migratorias hacia zonas del norte para explotar y trabajar dicha riqueza, que con el tiempo se evolucionaría en la Cuestión Social debido a la gran crisis económica, política, institucional y sobre todo, social, que marcará la hoja de su devenir histórico.

Las primeras décadas del desarrollo profesional se podría afirmar que correspondió a un intento lento pero constante de un cierto despegue industrial en Chile como en América Latina mientras que en la década siguiente se constituyó como una fase de desarrollo industrial, enmarcado en gobiernos de carácter reformista, populista y proyectos participativos que debieron hacer frentes a ciertas problemáticas propias del crecimiento de un sector que cobrará relevancia décadas después, como fueron los obreros.

Paralelamente se fue ampliando y profesionalizando la profesión con la creación y expansión de nuevas escuelas, mejoras en las mallas de formación y en los viajes de intercambio, particularmente a Europa, lo cual fue tecnificando la asistencia social.

La fuerte crisis económica y social unida a la inestabilidad política que se vivía en los países del Cono Sur y la necesidad desde la profesión de dar una respuesta –convirtiendo a los trabajadores sociales en instrumentos del desarrollo- estuvieron presentes en diferentes grupos de profesionales que dieron lugar a la Generación del 65, génesis del Movimiento de Reconceptualización.

A partir de 1965, se inician los planteos de reformulación del Servicio Social. Y lo hace Latinoamérica, quien ya no acepta ser un agente pasivo sino por el contrario, la búsqueda de un protagonismo, es decir, ser sujeto de su historia. “Por primera vez grupos aislados de profesionales del Servicio Social, asumen su papel histórico en la realidad en la que viven y trabajan o comienzan a trabajar concretamente por el cambio” (Kisnerman, 1971: 33).

El proceso de Reconceptualización representó mirar hacia dentro, criticar la dependencia, explotación e injusticia, pero, fundamentalmente significó buscar construir una nueva sociedad más justa e igualitaria. Se puede afirmar sin temor que el Movimiento de Reconceptualización posibilitó que el Trabajo Social Latinoamericano entable a dialogar con un proyecto de modernidad, comprometiéndose, por tanto, con los diversos proyectos de emancipación que comenzaban a germinar en América Latina.

Referido a la reconceptualización, “se podría dividir en tres grandes momentos, según Kruse, el primero, se ubica entre 1965 y 1970, fue una etapa de búsqueda, de creación y de aportes originales… El segundo periodo, el de apogeo de la corriente; podemos ubicarlo en 1971-1972, y fue el momento en que se hicieron las contribuciones de más peso, más representativas y más maduras. A partir de 1973, considero que la reconceptualización ha entrado en una etapa de estancamiento y aun de crisis”… (De Robertis, 2011: 98).

En ese contexto llegamos a 1970, con el ascenso de Salvador Allende Gossens al poder, el trabajo social se implica en cuerpo y alma en aquel proceso pues piensa y siente que está cometiendo algo sustancial, que lo podríamos precisar como la “recuperación de la dignidad humana”, junto a pobladores, mujeres, campamentos y organizaciones de diversa índole y en ese escenario, los estudiantes particularmente de la Universidad de Chile se hacían presente con “Mejora, callampa, barrial… Escuela de Servicio Social".

Todo este rico proceso de involucramiento con los sectores populares es interrumpido abruptamente por el Golpe Militar y la siguiente instalación de la Dictadura Militar que trae a la profesión: persecución, exoneración, cierre de escuelas, exilio obligado y al menos 20 colegas muertos por la represión.

En ese contexto, cobra relevancia para la memoria de la profesión, el 01 de agosto de 1973, el Colegio de Asistente Sociales firma y divulga en el Diario El Mercurio, una declaración pública en conjunto con otros colegios profesionales instando la renuncia del presidente Allende y la intervención de las Fuerzas Armadas para restablecer el orden “público” y la “legitimidad” que según dichas organizaciones se había perdido.

Dado lo anterior, “los sucesos post golpe militar refuerzan esa división: mientras los trabajadores reconceptualizados, en tanto portadores de una nueva postura profesional y militantes de los partidos populares, son reprimidos, cesados en sus puestos de trabajo, expulsados de las universidades, detenidos, torturados, asesinados y exiliados del país, quienes mantienen las posturas del viejo Trabajo Social declaran su adhesión al nuevo régimen de facto y justifican la represión a sus colegas” (Hernández y Ruz, 2005: 96).

A pesar de la larga noche, surge un trabajo profesional en Derechos Humanos, donde los Trabajadores Sociales tuvieron una importante labor en la defensa de la vida y de la libertad de las personas, denunciando abiertamente los abusos del régimen, que abarcaba inicialmente la atención a las víctimas de la represión política y sus familiares, extendiéndose más tarde, a los derechos comunitarios, laborales y generacionales.

En el aspecto social, se da, en el país, un aumento de la pobreza como consecuencia de la aplicación a mediados de los años 80 del modelo económico neoliberal, sumado a los efectos de una crisis económica mundial, trajeron como secuelas las masivas Jornadas de Protesta Nacional, que su respuesta inmediata por el régimen, fue la represión, relegación a zonas extremas y allanamientos masivos entre algunas principales.

Como se expresaba, entre septiembre de 1973 a marzo de 1990, el Trabajo Social desarrolló su biografía principalmente a partir del trabajo en Derechos Humanos y luego, en organización y reorganización de comedores populares, comprando juntos, organizaciones solidarias y ahí, se trabajó bajo el alero de las iglesias y de las incipientes ONG, a partir de metodologías participativas y de educación popular.

Llegada la democracia formal en 1990, sólo recién en el año 2005, obtuvo una pequeña victoria, la recuperación del Rango Universitario hurtado por las leyes dictatoriales pero no pudo recuperar la tutela ética en los procesos formativos de universidades e institutos profesionales, específicamente en las mallas curriculares y en los procesos de ejercicio profesional.

Creando a partir de lo anterior, una masa de trabajadores como las filas de un ejército de profesionales con características invisibles los cuales, en su constante lucha individual por ejercer dignamente la profesión, constituyen –como expresó Marx-un ejército de reserva que, ante un panorama competitivo, -y-, dispuesto a vender su saber como fuerza de trabajo. Es decir, un Trabajo Social en un mercado que oferta abiertamente una extraordinaria externalización de sus servicios, extensas jornadas laborales, bajos salarios, rotación profesional, grupos de trabajo con desgastes, conflicto laboral y precarización, entre las principales.

En paralelo, el mercado académico es un mundillo precarizado, en el cual reaparece la figura de los “profesores taxis”. Ejemplo de ello, son las diferencias en los planteles académicos acreditados versus aquellas instituciones que, llevadas a exigencias del modelo, pauperizan sus “cuerpos docentes” a costa del pago de bajos honorarios y sin garantizar condiciones dignas ni menos, de protección social.

Todo lo manifiesto, impacta nuevamente a la profesión, ya que existen carreras que se imparten bajo modos a distancia mediante metodologías de carácter semipresencial, instalando la duda razonable respecto a la responsabilidad ética y educativa en la calidad de aquellos profesionales. Lo expresado, a modo de diagnóstico somero en un par de ámbitos como son, lo laboral y lo académico.

Tensiones

La preeminencia en la sociedad de un modelo económico que estimula la competencia individual en todos sus planos, en el cual, los profesionales se encuentran en condiciones laborales precarizadas por las lógicas de gestión mercantil y que tienen su corolario en una cultura aislada y competitiva, limitando cualquier posibilidad de organización y participación.

En ese escenario actual, el Trabajo Social se encuentra de espectador en la galería de los pasivos, lo cual es una contradicción con su propia génesis, pues el nacimiento, evolución y desarrollo de la profesión ha sido producto del resultado de los procesos socio-históricos, condensadas en las luchas que entablan las clases sociales, en la demanda y propuesta por conquistas sociales.

Al Trabajo Social, como disciplina le urge una remirada a sus formas de pensar, actuar y del hacer, mucho más cercano a las necesidades y relatos del siglo XXI y a los desafíos que éstos plantean; pues mantiene una enorme deuda con ella misma, con sus perseguidos, desaparecidos y muertos durante la Dictadura Militar.

Al repasar, la razón del Trabajo Social aflora una pregunta sin respuesta: intervenimos para mantener el statu quo o para cambiar la situación actual. Sí hablamos de cambio social, debemos revisar y reflexionar las acciones dirigidas a la comunidad. En otras palabras, la acción social es aquella que se orienta por las acciones de otros, las cuales pueden ser pasadas, presentes o esperadas como futuras.

Los desafíos actuales urgen superar anteriores debilidades, (re)construir colectivamente un proyecto ético-político profesional, que pueda enfrentar con dignidad y compromiso las fuerzas del mercado y que restituya, la voz y el voto que gozó el Trabajo Social chileno y que vele, con responsabilidad por las condiciones de sus profesionales.

No es tiempo de rehuir los debates y las discusiones, el mismo siempre ha estado presente en nuestra historia y ha sido parte del ADN constitutivo del Trabajo Social, como profesión en términos económicos, sociales, políticos, teóricos u metodológicos.

Esta participación pasa entonces, por la ruptura asimétrica existente entre los servicios y programas sociales y la comunidad. Para ello es necesario democratizar el poder, ampliando los espacios de decisión de quienes han sido excluidos históricamente de la posibilidad de influenciar en esas materias.

El desafío de hoy y no cabe duda de mañana, no tan sólo del Trabajo Social sino de las profesiones sociales debiese ser la ruptura epistemológica en cuanto al actuar frente a las comunidades, en el marco de una “Nueva Cuestión Social”. En este desafío se enfrentan dos posturas públicamente reconocibles, una conservadora como es la Neofilantropía que pretende reinstaurar una mirada parcial de los problemas sociales despojados de su carácter relacional y social; y la otra, de corte más progresista, como es la Ciudadanía, que tiene como núcleo duro la recuperación no sólo de la noción sino de la práctica de la ciudadanía como derechos y responsabilidades, como factor de integración social, de construcción de igualdad y de emancipación.

Dado lo anterior, se torna necesaria la constitución de un proyecto profesional progresista, fundado en principios y valores como: la Libertad, la Democracia, la Ciudadanía, los Derechos Humanos, la Justicia y la Ética, para aquella noble tarea todos somos importantes y relevantes, colegiados o no. Esos son los desafíos y ese debiese ser nuestro camino a seguir.

Algunos desafíos para resolver en términos individuales como colectivos:

  1. Politizar significa la capacidad de establecer conexiones entre la realidad singular y la realidad general.
  2. Politizar, significa orientar la acción hacia un horizonte de emancipación humana, de una sociedad más justa, sin desigualdad social, sin discriminación, de plena Libertad, Democracia, Justicia y los Derechos Humanos.
  3. Politizar significa conducir la acción profesional a la defensa de las Políticas Sociales Universales, por tanto el Enfoque de Derechos, con su consolidación y ampliación de los mismos.
  4. Politizar significa recuperar la voz en temas atingentes a la sociedad, en los cuales por capacidades y experticias naturales e históricas siempre ha tenido status, la profesión.

Un Trabajo Social que se construye sin memoria y que legitima la impunidad y el olvido, está condenado a ser cómplice de la pérdida de identidad profesional y de capitular en la construcción de un futuro con dignidad particularmente, en un contexto latinoamericano de dinámica regresiva y restauración conservadora.

Parafraseando a Boaventura de Sousa Santos… desde el sur, desde el margen, desde las víctimas: nombrar, hablar de, relatar es tan importante como la materialidad del Trabajo Social, entonces tenemos que proponer disputar en definitiva, no sólo las cosas sino el sentido de las cosas…

Bibliografía

- Alayón, Norberto (Compilador): Trabajo Social Latinoamericano. A 40 años de la Reconceptualización. Espacio Editorial, Buenos Aires, 2005.

- De Robertis, Cristina: Herman Kruse, Un reconceptualizador del servicio social, Editorial Lumen-Hvmanitas, Buenos Aires, 2011.

- Kisnerman, Natalio: Servicio Social Pueblo, Editorial Hvmanitas, Argentina, Buenos Aires, 1971.

Mg. Andrés Vera Quiroz
Es Diplomado en Filosofía de la Universidad Alberto Hurtado, además de Asistente Social y Magister en Trabajo Social de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Miembro del Colegio de Trabajadores de Chile AG. Asimismo miembro del directorio de Codepu, organización de Derechos Humanos. Ha ejercido docencia como profesor ayudante y titular en diversos establecimientos de Educación Superior. Sus escritos versan principalmente sobre Derechos Humanos, Ciudadanía, Memoria y la historia del Trabajo Social.