A diferencia del tiempo de los relojes y de los calendarios, el tiempo político no es homogéneo. Se densifica o se distiende según el impacto de lo que acontece. Tendemos a llamar coyuntura nacional a lo que sucede en los espacios de la política oficial, ubicados en las capitales y algunas grandes ciudades. Para la mayoría de ciudadanas y ciudadanos, sin embargo, se trata de acontecimientos remotos y, muchas veces, incomprensibles. La observación anterior es mucho más pertinente cuando se trata de espacios supra-nacionales como América Latina y el Caribe.

Sin embargo solemos arriesgar apreciaciones globales. Hace algunos años era común afirmar que la Región era escenario de importantes procesos de cambio liderados por gobiernos progresistas. Hoy se afirma que lo dominante es la reversión de tales procesos tras la derrota –o entrampamiento- de los proyectos progresistas en los países de la región que los habían asumido con entusiasmo. Mientras que la primera afirmación tenía como premisa la evaluación de que el neoliberalismo había fracasado o en todo caso estaba desgastado, la segunda afirmación asume como supuesto el reconocer que en realidad las sociedades no habían cambiado y seguían encuadradas en matrices culturales conservadoras, individualistas, etc. A simple vista es evidente que ambas afirmaciones no pueden sostenerse simultáneamente. Quizá sea necesario explorar algunas interpretaciones que puedan explicar tanto la década progresista como el viraje conservador a partir de supuestos comunes.

Para ello es indispensable ir más allá de la esfera política, incluso más allá de lo “social” tal como lo entendemos habitualmente. Los procesos de cambio más impactantes en la región tuvieron como antecedentes inmediatos crisis institucionales muy profundas e intensos procesos de movilización social. Más aún, se articularon en torno a liderazgos fuertes y la apelación a momentos históricos fundacionales de las respectivas sociedades: Chávez y Bolívar, Evo y los indigenismos altiplánicos, los Kirchner y el peronismo, Ortega y Sandino, etc. Menos nítida fue su propuesta programática: fortalecer el Estado, renegociar con el capital y el mercado global, redistribuir, ampliar el reconocimiento de derechos. La crisis de algunos de estos procesos y su reversión tuvo que ver con tensiones irresueltas: ¿Cómo seguir redistribuyendo cuando el crecimiento se detiene? ¿Cómo democratizar Estados burocráticos y capturados sin romper la legalidad? ¿Cómo revertir la hegemonía cultural del individualismo neoliberal sin alterar su principal catalizador: el mercado?

Las preguntas previas no tienen respuesta fácil. Su conjunción creó las condiciones para que en el lapso de pocos años, en algunos casos meses, coaliciones sociales y pactos políticos que se consideraban sólidos garantes de los procesos de cambio se desarticulasen rápidamente. Sin entrar en detalle, tal ha sido el caso de Argentina, Nicaragua, Ecuador y, sobre todo, Brasil. Los mismos sectores que proclamaron a Lula como el ejemplo de la izquierda responsable –frente a la amenaza del chavismo- lo pusieron en la cárcel acusado de corrupto. Y acaban de poner como presidente a un fascista cuyo discurso está en las antípodas de todas las banderas de las fuerzas brasileñas democráticas de las últimas décadas. Un caso extremo es el de Colombia donde el proyecto de pacificación liderado por el presidente Santos, un liberal, es derrotado y puesto en cuestión a partir de las últimas elecciones generales.

¿Qué lleva a que los comportamientos políticos se modifiquen de manera tan radical? Sería exagerado pensar que estamos frente a la aparición de movimientos sociales y políticos articulados en torno a plataformas conservadoras o reaccionarias. Errores y conductas nefastas –la corrupción en particular- pueden haber contribuido al descontento frente a lo anterior y al viraje. Pero no dan una explicación suficiente. Como tampoco la da el constatar que pervive, fuertemente anclada en la sociedad, una cultura conservadora. Esta es parte de la herencia colonial cuidadosamente preservada por los poderes en los tiempos de las Repúblicas. A la base de los virajes es posible detectar algunas constantes: el malestar frente al presente, la sensación de frustración, el temor frente a futuros inciertos. Las frases previas pueden parecer subjetivas y arbitrarias. Algo de eso tienen, dado que aún estamos queriendo identificar con más claridad lo que pasa entre nosotros. Pero apuntan a lo que cada vez más se identifica como una de las características de las sociedades contemporáneas: la incertidumbre que resulta de la generalizada desestructuración de las relaciones sociales y políticas hegemónicas hasta hace algunas décadas. Incertidumbre que lleva a pasar de un horizonte ético-cultural a otro con relativa facilidad, cambiando radicalmente la interpretación de lo que se vive y de lo que se aspira.

¿Qué factores contribuyen a esta generalizada incertidumbre? En primer lugar, el cambio climático. Que en realidad es mucho más que eso. Vivimos una “transición climática y geológica” que está alterando radicalmente el hábitat humano.[1] A lo largo del continente las diversas especies vivas –incluyendo la especie humana- modifican sus territorios y sus habilidades. No es casual el incremento de los procesos migratorios al interior de cada país y entre países. Lo vemos cotidianamente en las calles y en las noticias: decenas de miles de centroamericanos llegando a la frontera norte de México, más de dos millones de venezolanos entre los países andinos y Brasil. Sin duda hay un continuum que lleva de la inseguridad y precariedad al predominio de la desconfianza y el miedo. Particularmente cuando el horizonte ético-cultural de las personas se ha empobrecido al punto de desconocer la posibilidad misma de la acción colectiva.

Estrechamente vinculado con lo anterior, podemos identificar un segundo factor de precarización e inseguridad: la intensificación de las disputas por territorios y recursos. No es el caso entrar en el detalle aquí. Existen numerosos estudios y plataformas que hacen el seguimiento de la expansión de lo que se denomina “extractivismo” en América Latina y el Caribe. Más allá de efectos inmediatos en el medio ambiente y en los derechos de algunas comunidades, la expansión extractivista ha hecho más precaria la vida de todas y todos. Ha hecho más vulnerables a efectos exteriores a las economías y las sociedades.

En tercer lugar, estamos cada vez más lejos de los proyectos de desarrollo hacia adentro, auto-centrado o integrado regionalmente. Las aperturas indiscriminadas han destruido industrias y empleo, han generalizado el trabajo precario. Y, dentro de esta categoría, son sin duda los trabajos vinculados a economías ilegales los que resultan más atractivos. Lo cual lleva a millones de personas a ser parte de redes de producción y tráfico que van de la mano con redes de corrupción de los poderes políticos, judiciales y militares. Personas que más de una vez quedarán atrapadas en las periódicas disputas por redefinir las relaciones de poder entre carteles, mafias, autoridades, etc.

Por último, cabe señalar el curioso impacto que el neoliberalismo ha tenido en la sociabilidad de la mayoría de las y los latinoamericanos. Lejos de promover procesos de individuación y de autonomía, el “individualismo” ha derivado en un repliegue a las relaciones sociales primarias: las familias, los compadrazgos, la comunidad de creencias, etc. Son estas relaciones las que priman en la economía, la vida cotidiana e incluso la política. Sobre la base de una economía de “redes” (no virtuales, sino de verdad) estamos pasando cada vez más a una política de “redes” en la cual la relación personal se convierte en el principal recurso para acceder a bienes públicos. Y cuando esto se cruza con actividades ilegales y criminales el asunto se complica más.

Son estos algunos de los factores que interactúan en cada uno de los países de la región e inciden en procesos políticos cuyos resultados muchas veces nos sorprenden. Y es que además de estos, continúan vivos, aunque latentes, otros factores que irrumpen en el presente apuntando a futuros alternativos.

¿De qué se trata entonces? Tanto para el análisis como para la acción social se trata de captar la complejidad e identificar en el tramado de las relaciones cotidianas el hilo de la madeja que nos puede llevar al cambio. Y estar preparado para lo imprevisible, haciendo caso al consejo del viejo Heráclito: “Si no esperas lo inesperado, esto nunca llegará”.

[1] Según destacados científicos se trata de una cambio de época geológica, el paso del Holoceno al Antropoceno. http://www.bbc.com/mundo/noticias-37220892

 Eduardo Cáceres Valdivia Bachiller en Humanidades con mención en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Experiencia en análisis social y político, con particular concentración en el período reciente en movimientos sociales, análisis de poder, desigualdades y políticas públicas en América Latina y el Caribe. Ha formado parte de equipos de dirección de diversas ONG peruanas y ha sido consultor y asesor de ONG internacionales. Su publicación más reciente es un balance de la historia y las perspectivas de las organizaciones de la sociedad civil en América Latina. Militante de izquierda, integra el Partido Socialista y el Movimiento Nuevo Perú.