En 1983, en respuesta a los efectos del fenómeno de El NIÑO que afectaron el Valle del Rímac, un equipo de Trabajadoras Sociales de las Universidades de San Marcos, San Martín, y la PUCP, junto con otros profesionales de distintas disciplinas como  la geología, hidrología, ingeniería forestal, sociología y urbanismo, participaron en la emergencia, la rehabilitación y la recuperación de los damnificados de huaicos e inundaciones, en ese momento, convocadas por el Centro de Estudios y Prevención de Desastres, PREDES. Las acciones estuvieron orientados al apoyo socioemocional de los damnificados, el registro de las pérdidas, la evaluación de las necesidades y   la asistencia técnica para la rehabilitación y la recuperación. Los estudios de vulnerabilidad social, físico y estructural de la época, ya reconocían la alta vulnerabilidad de Chaclacayo, Carapongo, Chosica, Santa Eulalia  en el Valle del Río Rímac.

Actualmente, aun cuando se han incrementado el número de desastres en el Perú, la gestión de riesgos de desastres (GRD) no ha generado un campo del ejercicio profesional considerable, que den cuenta de artículos, tesis, investigaciones y sistematizaciones que demuestren la reflexión de esta problemática desde el Trabajo Social. 

Sin embargo, esta ausencia también se observa en otras disciplinas de las ciencias sociales y las humanidades que muy lentamente se han incorporado a un espacio que ha sido conquistado por la ingeniería civil y arquitectura, enfatizando el carácter físico estructural de la vulnerabilidad, relegando de alguna manera los aspectos sociales que además reconocen – es el más complejo – y para lo cual, se recibe muy poca preparación en las facultades de ingeniería.

La GRD por donde se le mire, es un proceso social, entendiéndose éste como el conjunto de relaciones sociales que se dan en un momento histórico dado y al cual tenemos que añadirle en un territorio determinado. La GRD, se concibe  como un conjunto de decisiones planificadas que buscan reducir el impacto de los desastres sobre los medios de vida  de las personas, sus familias y sus comunidades y sobre todo, reducir la vulnerabilidad, es decir actuar sobre aquel proceso social que ha creado las condiciones actuales. Este campo no es extraño al Trabajo Social, más bien, es su leit motiv.

La GRD, definida como proceso social representa un gran salto en nuestra compresión del riesgo, pues separa el fenómeno natural o peligro- la lluvia, los huaicos, los terremotos-  de las condiciones de vulnerabilidad. Las relaciones sociales caracterizadas por la desigualdad, la discriminación y la exclusión, explican las condiciones en la que viven una gran parte de la población de los asentamientos humanos formados por la urbanización desordenada, carente de una autoridad local que establezca cierto orden en el uso del territorio. El resultado, una alta vulnerabilidad social e institucional que se repite cada año. 

Esta situación, además, tiene una tendencia en aumento. El cuadro siguiente muestra la evolución de las emergencias entre el 2003 y el 2014 en el Perú (MINAM, 2014)1 y es que el cambio climático tiende a intensificar los desastres, haciéndolos más frecuentes y más peligrosos. Aprender a vivir con el riesgo, implica incorporar el riesgo en la planificación y en la inversión pública y privada.

Desde el 2011, se crea en el Perú el Sistema Nacional de Gestión de Riesgos de Desastres (SINAGERD) que establece la GRD como las acciones de obligatorio cumplimiento en todos los niveles del estado, asignando además el carácter multisectorial a la GRD.    

Es así que los gobiernos locales, provinciales y regionales, tienen la responsabilidad de la respuesta en el primero, segundo y tercer nivel, con apoyo de los ministerios para el cuarto y quinto nivel. Las municipalidades y los gobiernos regionales, actualmente cuentan con subgerencias de GRD y en todo el territorio, el mandato es que se constituyan las Comisiones Locales de Gestión de Riesgos desde el nivel de comunidad.

El SINAGERD además promueve la organización social y la sensibilización como acciones fundamentales para aumentar la capacidad de respuesta de la población y sus autoridades. La capacidad de respuesta, implica conocer los riesgos a los cuales están  expuestos: inundaciones, huaycos, terremotos, incendios, sequías; identificar quienes son los más vulnerables y como responder frente a las  emergencias. Todas las funciones del Trabajo Social, están allí, esperando.

Nos asalta entonces  la pregunta, dónde está el Trabajo Social frente a este llamado? Que nos están pidiendo las nuevas generaciones de trabajadoras sociales que egresan de nuestras universidades? Hay acaso algo que se puede hacer para que nuestra práctica profesional se acerque un poco más hacia esta realidad?

Una de las primeras ideas que salta a la vista, es el hecho que nuestra profesión ha nacido como respuesta a los problemas sociales de las ciudades y la industrialización. El trabajo social en salud, la asistencia social a los trabajadores en las empresas, la promoción social en los asentamientos humanos, en la actividad minera, en los centros de salud mental, la gestión social de proyectos y programas de desarrollo,  son en su mayoría- por no decir en su totalidad - respuestas a problemas sociales que se derivan del proceso de industrializacion y urbanizacion en América Latina.

El enfoque predominante del Trabajador Social es todavía post industrial y por tanto   antropocéntrico: el sujeto social, el homo sapiens en este caso, como la mayor fuerza transformadora del planeta,  superior a las otras especies, tiene la supremacía sobre los recursos del planeta y tiene derecho de ser feliz aquí y ahora -  en esta postura, el sujeto social,  se ha olvidado de pensar en sus propias generaciones futuras. Los enfoques que observan al sujeto social en relación con las otras especies, la forma como construye su vida, sus hábitos de consumo, como y cuanto usa los recursos naturales han estado más bien relegados y ausentes2.

Y es muy posible que en este proceso, nos hemos aislado de otros profesionales que pueden contribuir a enriquecer nuestra comprensión “de lo social”. Por ejemplo, nos puede sorprender que los ecologistas definen a una ciudad como un ecosistema, en el que hombres y mujeres, edificios, parques, árboles, calles, etc.  forman parte de ella y sus acciones en forma de energía, afectan a las demás partes del ecosistema. Las interacciones con otros profesionales nos presentan nuevos discursos, conceptos y enfoques que pueden  enriquecer nuestra comprensión de  “lo social”.

También nos hemos alejado de algunos países que como Ecuador y Bolivia que han apostado por políticas sociales que enfatizan el valor del territorio en la construccion de la identidad nacional. El reconocimiento de que en Bolivia existen derechos de la Pachamama, reivindica y reclama un alto a la depredación que el planeta recibe por quienes lo habitan. En Ecuador, campañas contra la explotación del petróleo en la región amazónica han reivindicado el derecho de la Pachamama sobre el derecho de las empresas a explotar los recursos del subsuelo.   Otras campañas como No Hay Un Planeta B orientan sus mensajes hacia una toma de conciencia sobre donde vivimos y cómo queremos vivir y a pensar en los límites de nuestro consumo. Este enfoque antropocéntrico tiene que ser revisitado y cuestionado en cada uno de los espacios de trabajo en el que nos movemos, especialmente en las universidades incorporando la GRD y el Cambio Climático como asignaturas obligatorias que contribuyan a repensar “lo social” desde una mirada más integradora y ecosistémica.

La segunda idea que ya se ha manifestado en diferentes conferencias, es que los espacios laborales para la GRD no están explícitas para las Trabajadoras Sociales, y esto puede ser un obstáculo inicial pero no es determinante. En la medida en que los TS comiencen a frecuentar estos espacios laborales, la demanda se incrementará. Por el momento la GRD y el Cambio Climático es un campo de especialización que puede abrir nuevos derroteros laborales y  metodológicos. Antes que nada, puede enriquecer al TS a moverse desde el  enfoque antropocéntrico, hacia otros más integradores y holísticos  y desde allí  nuevos caminos se pueden abrir para el Trabajo Social.

RECUADRO

Los efectos de la acción humana sobre el cambio climático, ha sido definida  como “inequívoca” por los científicos en el V informe del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) en el 2014.  Desde el inicio de la industrialización la cantidad de emisiones de gases de efecto invernadero de nuestras fábricas, carros, residuos, energía eléctrica,  campos de cultivo, ciudades etc, se han quedado en nuestra atmósfera y demoran entre 12 a 100 años a disiparse. Lo que la sociología registra como la era industrial, los geólogos lo conocen como el antropoceno - la era del homo sapiens- (ver gráfica).

GRAFICA4: El Anthrophoceno

China es el país más contaminante, al que siguen, Estados Unidos, India, Rusia, Japón, Alemania,Irán, Corea del Sur, Canadá y Brasil. Sus modelos de desarrollo, al cual queremos imitar, señalan un rumbo equivocado a seguir y nos queda la pregunta hacia donde miramos en búsqueda de modelos más sostenibles, más equitativos, más amigables con la tierra, o lo que la Carta encíclica del Papa Francisco, llama el cuidado de la casa común3.

 

Notas al pié de página:

1 Tercera Comunicación Nacional del Perú frente al Cambio Climático, 2016.

2 Revista Nature. Volume 519 Issue 7542.  11 de Marzo de 2015. Consultado 6 de febrero, 2018.

3 Con fecha de 24 de mayo de 2015, el Papa Francisco ha publicado la carta encíclica Laudato si’ (Alabado seas, mi Señor), el nuevo texto guía de su pontificado, en el que propone un modelo de ecología integral.

4 The Anthropocene: From Global Change to Planetary Stewardship. 12 Octubre, 2011. Will Steffen, A ° sa Persson, Lisa Deutsch, Jan Zalasiewicz, Mark Williams, Katherine Richardson, Carole Crumley, Paul Crutzen, Carl Folke, Line Gordon, Mario Molina, Veerabhadran Ramanathan, Johan Rockstro¨m, Marten Scheffer, Hans Joachim Schellnhuber, Uno Svedin

Mg. Josefa Rojas Pérez
Es Licenciada en Trabajo Social de la PUCP y Master en Letras en la Universidad de Sussex, Reino Unido. Actualmente prepara su tesis doctoral en la Escuela de Gobierno y Ciencias Políticas de la PUC en mención de Relaciones Internacionales. Es consultora en temas de gestión de riesgos de desastres y adaptación al cambio climático. Actualmente es Fiscal en la Junta Directiva del Celats, y dirige la comisión institucional de Planificación Estratégica.