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Bicentenario de la Independencia: ¿Por qué la América hispana no fue una sola nación?

Reproducimos esta entrevista que hizo Daniel Ulanovsky Sack a Tulio Halperín Donghi para Clarín a finales de 1997. Tulio Halperín Donghi tuvo el destino que persiguió a muchos pensadores argentinos: abandonar una nación que a partir de la Noche de los Bastones Largos del general Onganía impuso un orden vertical y sin disenso en las universidades. Mal clima para un historiador especializado en las lógicas políticas y en las raíces institucionales del país. Así, desde hace treinta años, Tulio Halperín Donghi vive en los Estados Unidos donde es profesor emérito de la Universidad de California en Berkeley y figura principal de su Departamento de Historia Latinoamericana.

Por Tulio Halperín Donghi

-¿Existía la idea de integración latinoamericana al producirse la independencia de España?

-Hispanoamérica era vista como una unidad: todas las regiones habían quedado desgajadas de la metrópoli cuando Napoleón invadió España y encerró a Fernando VII. En las colonias fue necesario organizar el gobierno local de otra manera, y en un primer momento se tuvo una perspectiva continental. Si uno analiza las propuestas de Mariano Moreno para realizar un congreso americano, se da cuenta de que incluía los territorios de los distintos virreinatos. Esta idea, elaborada en 1810, no tuvo ni comienzo de ejecución y ya un par de años más tarde, en lo que luego pasaría a ser el Himno Nacional argentino, se hablaba de las Provincias Unidas del Sur y de una nueva y gloriosa nación. Ya no se hacía referencia a toda la América hispana, sino al antiguo virreinato del Río de la Plata.

-¿Qué pasó en apenas dos años para que se dejara de pensar en una unión?

-Surgió una alternativa que encarnaba la realidad de manera más clara. Las revoluciones americanas se habían dado a través de focos separados en distintas ciudades, aislados -a menudo- entre ellos. Estos focos fueron asumiendo identidad propia en las guerras contra los realistas y se constituyeron, en poco tiempo, en unidades geográficas que luego derivarían en la formación de naciones independientes.

-¿Esta explicación sirve para entender por qué la América hispana se atomizó tanto, a diferencia de la anglosajona que quedó constituida en dos grandes países?

-No diría que la atomización fue tan grande. En el esquema administrativo español no existía una unidad para las colonias, sino entidades separadas entre sí, vinculada cada una con la metrópoli. Los lazos más fuertes se construían con Europa y no entre los virreinatos. Dicho esto, reconozco que algunas zonas se fragmentaron: América Central y el virreinato de Nueva Granada, del cual surgieron Ecuador, Colombia y Venezuela. Pero la unidad de este virreinato había sido muy débil incluso en la época colonial.

-¿Y el Río de la Plata?

-Aquí sí hubo una atomización real, cuya razón no es ningún misterio y se relaciona con la incapacidad del foco revolucionario de Buenos Aires para incluir en forma sólida al Alto Perú.

-¿Los porteños despreciaban esas zonas que parecían alejadas y fuera del alcance modernizador del puerto?

-No, esa interpretación me resulta insostenible. Es cierto que en Buenos Aires no existía ninguna simpatía por los altoperuanos, pero, al mismo tiempo, las ganas de controlar las minas de plata de la región se imponían a cualquier otro sentimiento. Los dirigentes revolucionarios del Río de la Plata intentaron tres veces apoderarse del Alto Perú.

–Antes le pregunté si América latina se había atomizado. Ahora le invierto el interrogante: ¿por qué la América sajona se integró?

-En el momento en que las colonias inglesas que formaron los Estados Unidos se unieron, ocupaban un territorio mucho más pequeño y menos poblado que el de la América hispana. Lo mismo pasaba con la población: eran apenas 3 millones de personas y sólo en el territorio de México habitaban el doble de personas. Además, para su guerra de independencia habían creado una autoridad por encima de los distintos estados, y eso ya formó un precedente. Cuando empezó esa unión, sin embargo, la situación del país era bastante precaria. Después fue logrando muchos éxitos hasta convertirse en la primera potencia del mundo.

-En cuanto a América latina, ¿cómo era el proyecto de integración sostenido por Bolívar?

-Más que una confederación entre los distintos estados, buscaba una alianza permanente, pero bastante laxa con un protector externo que debía ser Inglaterra. Bolívar advirtió que con la independencia de los territorios americanos y el triunfo de los focos revolucionarios se había perdido cierto orden de la época colonial que trató de regenerar. Fue un momento bastante conservador de su vida.

-¿De qué manera quería lograr esa alianza permanente entre los nuevos estados?

-Bolívar había ganado influencia en una gran región de América. La base de ese poder estaba en el predominio militar a través de los ejércitos que le respondían, dirigidos -en gran medida- por oficiales llegados de diferentes regiones. El mismo Bolívar decía que la independencia del Ecuador había sido, en realidad, su conquista por los militares del antiguo virreinato de Nueva Granada, con sede en Bogotá. Pero las cúpulas de esos ejércitos terminaron disgregándose: resultaba muy costoso mantenerlas y los jefes querían regresar a sus tierras. De esta manera, se debilitó la columna vertebral del proyecto.

-¿San Martín tenía algún postulado sobre la unión de Hispanoamérica?

-En general se conoce su pensamiento a partir de la interpretación realizada por Mitre. Dado que en San Martín faltaba un proyecto iberoamericano, Mitre interpretó que había defendido una idea alternativa basada en patrias nacionales. A partir de esta visión, se supone que las acciones de San Martín fuera del territorio nacional tuvieron como misión principal la defensa de la independencia argentina y, en especial, la eliminación de la amenaza realista. En cierta forma esto era cierto, pero si uno bucea en los textos de San Martín advierte que la liberación del resto de América también aparecía como un objetivo. En algo, sin embargo, Mitre tenía razón: San Martín no dejó ningún testimonio sobre la necesidad de una América hispana unida.

-Si avanzamos en la historia, ¿cuándo y de qué manera se vuelve a hablar de una política integradora?

-Yo mencionaría un movimiento que comenzó a fines del siglo pasado vinculado con lo que, sin ninguna intención peyorativa, se denominaban los proyectos imperialistas. A partir de esta idea, las grandes potencias constituían zonas de influencia sobre la base del predominio económico y, a veces, del político. El sueño de cada nación poderosa era unir toda su zona con un ferrocarril. Así, Gran Bretaña tenía un proyecto de tender vías desde El Cairo hasta Ciudad del Cabo; Alemania, otro de Berlín a Bagdad y en los Estados Unidos un líder del Partido Republicano de la época propuso construir vías que atravesaran toda América y llegaran al Cabo de Hornos.

Unidos o dominados

-Más que una integración, esa idea tendía a construir una América liderada por los Estados Unidos.

-Es que ya se refleja la nueva estructura de poder. Sin embargo, esa propuesta encalló de entrada en pos de otra mucho más burocrática: la Unión Panamericana, que tuvo realizaciones modestas pero que abrió numerosos puestos de trabajo para diplomáticos, quizá su gran virtud. Esta Unión logró una tarifa de franqueo preferencial para todo el continente. Pero mientras los Estados Unidos se esforzaban por acentuar su rol, en Latinoamérica nacía una idea de solidaridad frente a su avance a veces agresivo y violento, como fue la guerra con España por la isla de Cuba.

-¿Esta solidaridad era retórica o se le daba un marco institucional?

-Bueno… estaba hecha de gestos. No se hablaba de unificación política, ni siquiera de confederación entre los países de América latina. Pero durante esa guerra hubo varios actos en Buenos Aires de adhesión a España: la consideraban la única alternativa a la norteamericanización de la isla. En esas reuniones participaban muchos intelectuales y llegó a hablar Paul Groussac, el director de la Biblioteca Nacional a fines del siglo pasado.

-Si nos adelantamos unas décadas, vemos que Perón solía decir que el año 2000 nos iba a encontrar unidos o dominados. ¿Se refería a América latina?

-El pensamiento de Perón es un enigma en el cual no quisiera internarme.

-Anímese.

-Perón era un hombre de enorme inteligencia pero no un pensador original ni un creador de ideología. Continuó una postura muy argentina de disputar el liderazgo de América latina con los Estados Unidos. Esa confrontación era bastante antigua: Roque Sáenz Peña ya sostenía la idea de América para la Humanidad como forma de contrarrestar el “América para los americanos” que defendían los Estados Unidos. Como en esa época la Argentina estaba bastante más desarrollada que el resto de América latina, era común que nos viéramos como barrera regional a la hegemonía de Washington.

-¿La idea de Perón de disputar el liderazgo de los EE.UU. fue sólo discursiva?

-Hubo algo más que retórica. Pero encontramos algo curioso: Perón reforzó esa visión de extender la influencia argentina en el momento en que decidió acercarse a los Estados Unidos. Esto tiene lógica: su avance sólo iba a ser tolerado si era visto dentro de un marco de predisposición amistosa.

-¿Una especie de subliderazgo?

-Menos que eso, era algo más informal. De todas maneras, la argentina peronista resultaba confusa: cosechaba simpatías en sectores de la izquierda latinoamericana mientras que las fuerzas progresistas del propio país le eran adversas.

-¿En qué se basaba esa simpatía que lograba en el exterior?

-En cierta independencia que exhibía. Aun en sus momentos más pro norteamericanos, Perón observaba ciertos límites en su alineación con Washington. Actuaba en forma similar a los mexicanos: no confrontaba en los temas centrales pero era pródigo en gestos que ilustraban una independencia formal. Así, poco antes de la invasión de 1954 al régimen de Arbenz en Guatemala, se realizó una reunión de los países americanos donde se votó una resolución hostil a la presencia de cualquier régimen influido por el comunismo en el continente. Hubo un sólo voto en contra -de la misma Guatemala- y dos abstenciones: la argentina y la mexicana. Incluso, luego de la Revolución Libertadora, la revista Sur, de Victoria Ocampo, publicó un artículo donde se reconocía la simpatía que Perón se había ganado en Guatemala, hecho que nunca dejó de sorprender a los intelectuales locales.

-Ya en la actualidad, ¿cómo analiza el proceso de integración del Mercosur y, yendo más allá, las iniciativas de crear una zona de libre comercio continental?

-El Mercosur se da como resultado de una necesidad más que como corolario de una evolución ideológica. Y comparte una lógica con la iniciativa estadounidense de libre comercio: son proyectos que abren nuevos espacios pero a costa de cerrarse a otras áreas del mundo. Los discursos actuales tienen algo de contradictorio: se habla de la globalización y de la apertura externa pero se potencian ideas que fortalecen los bloques regionales. Me parece demasiado pronto para que un historiador diga qué va a pasar; por ahora sólo marco la paradoja.

Tulio Halperín Donghi es un historiador argentino que ha impartido clases en muchas universidades como Buenos Aires, Oxford, Berkeley.

Fuente: http://www.sinpermiso.info/

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